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lunes, 8 de septiembre de 2008

Políticas alfa, primeras damas omega*


En un capítulo de la segunda temporada de Mad Men, espléndida serie centrada en el Nueva York de los años sesenta, el imperio de los machos, la rica, sensual e inteligente pareja de un famoso cómico y el atractivo protagonista de la serie, un brillante director creativo de una agencia publicitaria, sufren un accidente de coche, en medio de una escapada adúltera con el alcohol de gasolina. El tipo, un personaje que arrastra una infancia tortuosa, que pareciera vivir la vida de otro, incapaz de empatizar con ser humano alguno, incluida su bella esposa, decide llamar a una compañera de trabajo para pagar la fianza y tapar el suceso para que nadie se entere. Diligente y sumisa, la chica veinteañera -Peggy Olson- les recoge en plena madrugada a decenas de kilómetros de distancia, paga la multa y alberga en su casa a la mujer del cómico –Bobby- un par de días, los suficientes para que desaparezcan los moratones del rostro y evitar que nadie haga preguntas.

Durante las 24 horas de convivencia entre ambas, la millonaria Bobby, que disfruta de la humildad y el olor a hogar del pequeño apartamento de la muchacha, trata de acercarse a su anfitriona, de intimar un poco, de agradecer sinceramente el gesto de que la acoja y, de paso, saciar su curiosidad de por qué está haciendo algo tan desinteresado. A pesar de la diferencia de estatus social, le habla desde el corazón, buscando una mano cálida para pasar el susto del accidente y, por qué no, creyendo por asegurada la complicidad femenina, que debería darse por hecho para sobrevivir en esta jungla de testosterona, machista y conservadora, que era la América –o el mundo, mejor dicho- de lo sesenta. Desde la experiencia de muchos años jugando y venciendo al juego de los hombres –aunque con otras armas-, también aprovecha para aconsejar a Peggy que no haga ese tipo de favores a su jefe, que eso no entra en su sueldo.

Sin embargo, la muchacha, que ha sido recién ascendida de secretaria a creativa junior y que está obsesionada por hacer carrera, se muestra distante y seca, con cierta altivez, cortando de raíz cualquier conversación sobre los hombres o sobre el supuesto interés sentimental en su jefe. Como todo un macho de la época, se muestra con aire de superioridad, agresiva, desinteresada en cualquier asunto que pudiera calificarse de "femenino". No está para confidencias íntimas de chicas. Peggy ha aprendido a enterrar y a no mostrar sentimiento alguno por un doloroso hecho de su pasado, a ser una roca por fuera y huir de cualquier gesto de debilidad. Al final, consciente de la actitud impostada de su anfitriona, Bobby le dice mirándole a los ojos: "Nunca conseguirás ese despacho hasta que comiences a tratar a Don [su jefe] como un igual. Y nadie te dirá esto, pero no puedes ser un hombre. Ni siquiera lo intentes. Sé una mujer. Cuando lo haces correctamente, es algo muy poderoso". La frase hace mella en la muchacha, siente que le han radiografiado con sutileza y, por primera vez en el capítulo, le devuelve una sonrisa y una mirada sin dureza a Bobby.

Con casi medio siglo de diferencia, y cambiando la ficción por la realidad, la secuencia de Mad Men me vino a la cabeza el otro día, al escuchar el discurso de Sarah Palin en la convención republicana celebrada en Minnesota. ¿Tiene que seguir jugando la mujer a ser un hombre para poder entrar en los círculos de poder real? Palin fue dialécticamente agresiva, con varios directos a la mandíbula de Obama, representando el papel de galvanizadora ideológica de los republicanos y dejando la antorcha del reformismo y el supuesto bipartidismo a McCain. "¿Sabéis la diferencia entre un pit bull y una hockey mom? La barra de labios", soltó la candidata a vicepresidente en un momento de su perfectamente elaborado speech. No se refugió en el victimismo y su discurso fue cien veces más eléctrico que el de su jefe McCain. A Palin la vieron casi 38 millones de telespectadores en EEUU, prácticamente los mismos que siguieron a Obama, y una cifra que supera las audiencias de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Beijing y la de la gran final de American Idol, el programa más popular del país.

Está claro que la figura de la gobernadora de Alaska ha despertado un interés descomunal, fruto de la exhaustiva cobertura mediática de su designación y las múltiples revelaciones en cadena alrededor de su figura política. El pasado martes tratamos de desnudar en este rincón bobolongo las incongruencias intelectuales y la doble moral de la candidata republicana. ¿Hubo exceso de ensañamiento?, ¿cierta misoginia? Para evitar tics reaccionarios, uno se tiene que estar alerta, debe mirarse en el espejo a diario. Así que mi cabeza dio vueltas a esas preguntas al día siguiente. Creo sinceramente que los estacazos a Palin simplemente fueron producto de su ideario ultraconservador e hipocresía rampante; en este ágora ha habido entradas mucho más duras contra Bush, y él es todo un macho... Pero, en fin, a veces uno no es muy bien juez para autoanalizarse, y hay que estar preparado para aceptar y masticar cualquier crítica razonada.


El techo de cristal


Más allá de las aventuras y desventuras de la moralista gobernadora de Alaska, su irrupción sirve de interruptor para divagar acerca del papel que se le reserva a la mujer en la alta política estadounidense. Una reflexión incitada también por la citada Mad Men. En la noche de su derrota en las primarias, Hillary Rodham Clinton –recuperó su apellido de soltera tras el affaire Lewinsky- esbozó un inspirado discurso de concesión, donde habló de los "18 millones de grietas" –el número de votos acumulados en su campaña- que habían hecho temblar el techo de cristal. Curiosamente, Hillary empezó a ganar estados en las primarias cuando abandonó su discurso de ataque sin tregua a Obama –llegó a insinuar que estaba ahí sólo por ser negro-, su latiguillo de súper Comandante en Jefe, de presidenta capaz de "borrar de la tierra a Irán", de "quién está mejor preparado para recibir una llamada a las 3.00 de la madrugada (una pregunta trampa que equivalía a decir: yo soy más macho que Obama, él es un pusilánime y se le comerán los terroristas con patatas).

Sometida a la presión de ser la gran favorita, Hillary trastabilló sin encontrar el camino adecuado en su discurso, y perdió la batalla con Barack Obama durante los meses que pasó disfrazada de dura de la política. Cuando se emocionó en público y amagó con unas lágrimas furtivas, subió varios puntos en las encuestas. Dejó entrever lo jodido que es pelear por hacerse un hueco y tener que demostrar a diario que ser mujer no implica ser débil. Echó en cara a sus contrincantes demócratas en algún debate su sibilino machismo. Pero enseguida retomó posturas y, sobre todo, un tono agresivo respecto a su rival demócrata que enterró sus posibilidades. La metamorfosis de Hillary de audaz voz de los demócratas, portadora de la argumentación como mejor arma y ajena al juego sucio y las balas del club de los hombres de la política estadounidense, a hembra alfa, modelo Condoleezza Rice, fue más que evidente.

Cuando su marido alcanzó la presidencia del país allá por los noventa, Hillary fue masacrada por el partido Republicano y los comentaristas de la derecha rancia mediática, con un poder tremendo en Estados Unidos. ¿Su pecado? Buscar un papel relevante en la administración e intentar pergeñar una ley que garantizase la cobertura sanitaria universal a los ciudadanos: –unos 45 millones de estadounidenses no tienen seguro médico, cinco más de los 40 que había cuando legó Bush al poder-. La acusaron de comunista, de querer socializar(?) la sanidad, y el mensaje caló en la adocenada ciudadanía. Entre los lobbies y los regios miembros republicanos del Congreso engulleron a la Hillary de principios de los noventa, aún idealista y de un profundo perfil socialdemócrata. Además, Hillary fue lapidada en la plaza pública por su supuesta enorme influencia sobre Bill Clinton y por excederse en sus funciones de primera dama: caridad, sonrisa Tom Cruise 24 horas, fotos con los viejecitos y sesiones de laca antes de cada discurso.

Toda esa obscena campaña de manipulación contribuyó a que la ahora senadora por Nueva York registrase índices de desaprobación cercanos al 60%, justo lo contrario que su marido, a quien llegaron a apoyar dos terceras partes de los ciudadanos. Y toda esa presión transmutó a Hillary en una política muy diferente, en una senadora que se apuntó la primera para apoyar la invasión de Irak, las escuchas telefónicas, los métodos de Abu Ghraib y Guantánamo y la identificación monolítica con Israel.


Sarah llega al ataque

Sarah Palin, a pesar del toque sentimental de sus retoños, omnipresentes en todos los escenarios, ha adoptado la misma clase de identidad alfa que la Hillary post 11-S. Pareciera tener que demostrar que es más republicana que ningún republicano –casi nadie aboga por prohibir el aborto tras una violación, ella sí-, más cristiana que cualquier evangelista –"Irak es una misión divina"-, más ansiosa por perforar Alaska que todas las compañías petroleras juntas –"no creo que el cambio climático sea acción del hombre"-. Ya hay suficientes datos en la red que indican que la Sarah Palin debutante en la política, la alcalde de la pequeña ciudad de Wasilla en los noventa, tenía una visión de las cosas mucho más abierta, cuando quería hacer un pueblo "más cosmopolita". Ahora jamás habla de la desventaja social de la mujer, omite cualquier guiño a las minorías y es inmune a las debilidades: no hay quien la gane en horas de trabajo. La agresividad, el individualismo salvaje, el Dios mercado capitalista y el ataque populista al oponente son su abecedario.


Condoleezza, Hilllary o Palin parece que decidieron hace tiempo jugar a ser hombres para triunfar en la feroz política estadounidense. Mientras, al otro lado del río, las primeras damas de Estados Unidos han cogido la piel de las hembras omega. Ha cambiado poco desde la época de Mad Men y los tiempos en que Jacqueline Kennedy enseñaba la casa blanca en prime time televisivo, cual Isabel Presley a sus invitados que se presentan por sorpresa en Navidad.

A principios de los noventa, apaleada por los machos y tras el fracaso de su reforma sanitaria, Hillary optó por meterse en el caparazón y cumplir el papel histórico-florero de la primera dama.
Cuatro años antes, Barbara Bush, la esposa de George padre Bush, fue un mueble de pelo blanco que se limitaba a sonreír y a ir a misa durante el mandato de su marido. Laura Bush, la esposa del actual presidente, ha dividido su tiempo entre inauguraciones y visitas caritativas. El mismo personaje con el guión escrito se le reserva a Cindy McCain, una heredera que nació rica, que ha pasado la mitad del tiempo en el quirófano y la otra decidiendo qué cóctel tomar, que ha reconocido que robaba barbitúricos en la ONG médica donde trabajó en los noventa, pero a la que le han dado una pátina impoluta de maravillosa mujer del héroe de guerra McCain. Que está prohibido improvisar lo muestra el hecho de que Laura y Cindy comparten defensa del derecho del aborto, pero es una postura mantenida casi en un susurro, deslizada en alguna entrevista furtiva, y luego negada en comunicados oficiales de la Casa Blanca.


A esta corriente de hembras omega con miedo a levantar la voz se puede estar uniendo Michelle Obama, señora de Barack Obama. Una mujer inteligente, profesional exitosa en un hospital de Chicago, brillante como su marido en la oratoria y con opiniones propias que, al menos hasta hace unas semanas, no tenía miedo de hacerlas públicas. Pero un buen día se le ocurrió decir en un mitin que no se había sentido orgullosa de su país en ocasiones pasadas, y los guardianes de la buena conducta patriótica comenzaron el proceso de demolición. Desde entonces, ha limitado sus discursos políticos, y en la reciente convención demócrata se pasó sus quince minutos declarando su amor incondicional a Estados Unidos. Paralelamente, la atractiva Michelle va añadiendo tela y recato a sus trapitos, incluido el pin de las barras y estrellas, mientras aumenta sus apariciones en revistas y programas televisivos de público mayoritariamente femenino, en los que cultiva su perfil de amantísima ama de casa. Así las cosas, de ganar su marido las elecciones, es más que probable que pase a engrosar el club histórico de primera dama omega.

*Cortesía de Wikipedia: En los seres humanos, el macho alfa se refiere a un hombre poderoso o en una alta posición social, similar a la masculinidad hegemónica. El término macho omega es un antónimo frecuentemente usado en un modo despreciativo o autodespreciativo para referirse a machos en el escalafón más bajo de la jerarquía social. Un omega será subordinado tanto del alfa como de beta.

martes, 24 de junio de 2008

Obama, ¿todavía crees tú en el cambio?



"
Barack Hussein Obama es su nombre. Su segundo nombre es el apellido del antiguo tirano de Irak, y su apellido rima con Osama. Eso no es sencillo de superar en América".
John Stewart, cómico y presentador de The Daily Show

Hace apenas un par de semanas, después de unas primarias interminables y una lucha incruenta a través de los medios de comunicación, Hillary Clinton por fin reconoció su derrota en la carrera por la presidencia del Imperio intergaláctico. Con su retirada y anuncio de apoyo a su rival demócrata –habrá que ver hasta qué punto se implicará en esta ayuda-, quedaba definido el duelo por el puesto más poderoso del planeta entre John McCain, senador de Arizona, y Barack Obama, senador por Illinois, el político capaz de arrastrar muchedumbres de 75.000 personas cual estrella legendaria de rock. La gran pregunta ahora es: ¿Será Barack el primer presidente afroamericano de la historia de Estados Unidos? Y si lo consigue, ¿quedará algo de su apuesta renovadora y mensaje de cambio real? ¿Nos seguimos tragando su eslogan de Chance - We can believe in? El pesimismo inunda a esta cabeza bobolonga a la hora de contestar este interrogante.

Que vaya a ganar o no, le corresponde elucubrar al reino de los sesudos analistas, politólogos y think tanks que brotan como setas en el país que adora definirse con un sinécdoque continental: América. Se podría decir que, si no lo consigue en esta ocasión, con todas las circunstancias a favor, tendrá que pasar otro siglo para que un negro vuelva a tener opciones. Pero también los aficionados del Atleti han dicho muchas veces aquello de, "si no ganamos al Madrid este año, tal y como está... ¡no les ganaremos nunca!". Y zas, al minuto dos, Ronaldo o Raúl jodían la ilusión del pueblo rojiblanco, con la inestimable colaboracion de Pablo, Perea o el que pasaba por allí en ese instante... Pues lo mismo le pasa a Obama ahora, de cara al partido de noviembre con el septuagenario McCain, con un carisma a años luz y con la sombra gigantesca del desastre del doble mandato de Bush. O sea, si los demócratas no arrasan a los republicanos este año...


El caso es que los demócratas lo tienen a huevo. El índice de aprobación de George W. miento y miento y no pasa nada Bush es el más bajo desde que la empresa Gallup estrenase este medidor allá por la época de Harry Truman, un curioso personaje que tiró dos bombas atómicas y al que se considera de los presidentes más prestigiosos (¿¡ein?!). Sólo Jimmy Carter en plena crisis del petróleo tuvo una popularidad más por los suelos. Apenas un 30% de irreductibles estadounidenses dan por bueno los ochos años de WarBush, periodo que incluye dos guerras con más de medio millón de civiles muertos por el camino, su inestimable ayuda militar para colocar el petróleo a 130 dólares el barril, el colapso del mercado inmobiliario, el socavón con la crisis de las hipotecas basura, la inapelable recesión, la conculcación del derecho internacional vía invasión ilegal de Iraq y cárceles secretas y la violación de los derechos humanos básicos legalizando los métodos de tortura en Guantánamo (Amnistía Internacional lo explica muy bien). La lista es larga y tenebrosa, pero afortunadamente al cowboy de Austin le quedan dos telediarios para poder ir a dar charlas a Georgetown junto a su amigo Ansar (la web losgenoveses recopila lo mejor del hombre del bigote).

Además, junto a la mediocridad y salvajismo intelectual del hombre que se atragantaba con las galletas, se prevé una debacle republicana en las dos cámaras del Congreso, donde los demócratas pueden ampliar y mucho las distancias. Según la empresa demoscópica Rasmussen, hasta diez senadores republicanos que defienden su escaño están o por detrás o en empate técnico con sus rivales demócratas, y en la Cámara de Representantes el palo se avecina mucho mayor, con proyecciones de +30 o +40 a favor del partido de Roosevelt y Kennedy. Para muestra, el botonazo de las recientes elecciones en tres distritos históricamente híper republicanos, enclavados en el sur más profundo y reaccionario. En los tres comicios, los candidatos demócratas han arrasado a sus contrincantes conservadores.

Barack no tenía nada que hacer frente a la todopoderosa maquinaria de los Clinton, pero hete aquí que la aparente sinceridad de su mensaje y los llamamientos a construir una nueva política alejada de los grupos de interés de Washington y los poderes fácticos militares, fue enganchando a miles y miles de ciudadanos por todo el país. Con una retórica excelente, una pose muy presidencial y un discurso alejado de los cuchillazos de su oponente Hillary, Obama ha ido llenando estadios y dando forma a la llamada Obamania, traducida en ocasiones en una histeria estilo Beatle que no se recordaba en la política desde los tiempos de Aznar con su camisa rosa y jersey al hombro en la plaza de toros de Valencia. ¡Olé, Ché Mari!

Pero trazadas las previsiones, lo que realmente interesa a este post que quisiera ponerse una pegatina de "Change - We can believe in’ es el tortuoso camino que ha emprendido, y que seguramente seguirá recorriendo Obama. El político unificador que ha construido su popularidad hablando de salvar las etiquetas, de tender puentes y olvidarse de las diferencias de raza, religión, clase y género. El hombre que quiere que sus compatriotas vean el 11-S no como un medio para asustar a la gente, sino como una oportunidad para construir alrededor de EEUU en el mundo, y que fustiga las viejas formas de hacer política, corre peligro de perder el equilibrio. Es cierto que defiende acabar con las rebajas de impuestos a los más ricos que hizo ley Bush para devolver favores prestados a quienes le mueven los hilos, y también es verdad que, de momento, se ha opuesto a la brillante idea republicana de perforar a lo largo de las costas de Estados Unidos para buscar más petróleo y, de paso, joder un poquito más el planeta.

Además, está teniendo que hacer frente a una campaña de navajazos xenófobos en forma de rumores en la red, desde que juró la Constitución en el Senado con un Corán en la mano hasta que estuvo dos años en una madraza mandando cartas de amor a Bin Laden. Con inteligencia y gracias a su legión de seguidores, Obama ha optado por desmentir uno a uno esos ataques y combatirlos fieramente en fightthesmears.com. Sin embargo, hay señales inquietantes en el rumbo del ilusionante político. Barack ya ha renunciado por el camino a su pastor de toda la vida, a su iglesia de toda la vida, a amigos de toda la vida y a convicciones de toda la vida. Este abogado que ganó su fama en Chicago apostando a fondo por defender los derechos de las comunidades pobres y las minorías, y uno de los pocos que se opuso a la invasión de Iraq desde el principio -aunque estuvo ausente de la votación en el Senado en 2002-, ya no parece ni tan fresco, ni tan idealista ni tan deseoso de dar un vuelco al sistema politico estadounidense.

Al darse de baja de la iglesia en la que se casó y bautizó a sus tres hijos, la Chicago Trinity Church, conocida por sus iniciativas sociales, Obama ha querido distanciarse de ciertos sermones muy por encima del nivel de izquierda que se permite en la nación de lo políticamente correcto. Además, ha renegado ya varias veces en público de Jeremy Wright, su pastor de toda la vida, que en sus homilías atizaba y duro la política exerior del país –"América se ha buscado el 11-S" y ponía el dedo en la herida del racismo social. Un religioso con inudables señales de egolatría patológica y fanático de Su verdad y nada más que Su verdad, pero al que no se le puede negar su tremendo trabajo en las comunidades pobres de Chicago. Por otra parte, si ahora es tan malo, cómo es posible que Obama no se diese cuenta antes, durante sus 30 años de relación.


Al principio Barack hablaba de una Amética en la cupiesen todos, de integrar desde los blancos fascistoides de Alabama nostáligos del régimen confederado a las minorías negras defensoras de la violencia de las panteras negras o del racismo a la invesa de la Nación del Islam y su vitriólico líder Louis Farrakhan. Pero parece ser que su América ya no es tan ancha, y lo mainstream ha acabado imponiéndose. Así, tambien ha corrido raudo a desmentir cualquier vínculo con Bill Ayers, un ex guerrillero urbano que puso bombas a finales de los setenta y que desde hace años trabaja en las comunidades pobres de Chicago. "Aaaah, yo creía que ese tipo no era así..., me ha decepcionado y ya no es amigo...", ha repetido Obama, sin tener en cuenta que Ayers, que ha reconocido que su radicalismo fue producto de un momento específico en la historia, en la América rancia de Nixon y Vietnan, tiene derecho a la reinserción, y hasta hace unos meses era un tipo válido para reunirse con él.

Más preocupante es su actitud ante la continua -y maliciosa- pregunta acerca de si es musulmán. En vez de decir: Y si lo fuese, ¿pasa algo, eh? No, Obama recita de memoria que es un hombre de fe cristiana, rechaza con vehemencia esa vinculación al islam y subraya que, aunque su papá era keniata, su mamá blanca le inculcó el cristianismo. La comunidad de estadounidenses de origen árabe le pide un paso al frente en este sentido, pero el político de Chicago da un salto hacia atrás, como ha demostrado la reciente limpieza étnica de dos mujeres musulmanas en un mitin de Obama, obigadas a abandonar sus asientos cerca del candidato para irse al fondo a mano derecha, porque la cohorte de asesores de Barack tenía miedo de que saliesen en la tele cerca del elegido...

Hay otro pequeño detalle, a simple vista sin importancia, pero para este ágora de una dimensión inquietante. Obama, al que el 10% de la población gringa sigue considerando musulmán (¡¡que miedooooll!), se pasó prácticamente toda la campaña con su traje políticamente correcto pero, ay alma de Dios, sin el pin con la bandera de Estados Unidos. Este hombre osó dar mítines y recorrer la América profunda sin las barras y estrellas en su solapa, e incluso acudir sin ella a un plató de Fox News, santuario mediático de la ultraderecha. Pero la presión para que se enfundase en la bandera ha sido demasiado poderosa. ¿Por qué no lleva el pin?, ¿es que no le gusta Estados Unidos?, ¿no será acaso un terrorista camuflado?, ¿es eso un patriota?, ¿se puede votar a un presidente con apellido musulmán? La retahíla de bocados de la jauría conservadora le ha hecho fijar ya la banderita a su chaqueta en cada comparecencia pública.


Por último, en cuanto a sus políticas de cambio, van camino de aguarse hasta saber peor que un Ron no venezolano. A saber: su cobertura sanitaria universal ya no lo es tanto, y aboga por una privatización parcial del sistema, por lo que los 40 millones de estadounidenses sin cobertura sanitaria parece que tendrán que esperar otros cuatro años y el advenimiento de un milagro. También, la política exterior defendida por el Barack del comienzo de las primarias era un rotundo volantazo al rumbo imperialista neocon y su Proyecto para el Nuevo Siglo Americano: retirada acelerada de las tropas de Iraq, diálogo con Irán, alejamiento de la identificación absoluta con Israel e incluso replanteamiento del embargo a Cuba, dejando claro que estaba dispuesto a sentarse con Raúl Castro. Todos estos buenos propósitos se van difuminando, y ahora parece más cerca de conjugar el estribillo del Eje del Mal y replantearse su apuesta por la retirada de Iraq, o al menos aplazarla durante un tiempo.

En un discurso ante la comunidad judía de Estados Unidos en el AIPAC, el lobby pro-israelita más poderoso de Washington, pronunciado el 4 de junio, soltó perlas como que "Jerusalem permanecerá como la capital de Israel y debe mantenerse como una ciudad no dividida". Al mismo tiempo, rechazó "el derecho de retorno" de los exiliados palestinos, casi cuatro millones, porque "la identidad de Israel como un estado judío debe de ser preservada". Con su rotundo apoyo a la unidad de Jerusalem, Obama se cargaba de un plumazo, al menos dialécticamente, la política exterior estadounidense, que, incluso en los tiempos más oscuros de los neocon, siempre ha apostado por la co-capitalidad de la Ciudad Santa, una vez se de carta de naturaleza al estado palestino.

Uno aún no pierde la esperanza de que, aunque blanqueado, Obama alcance la poltrona presidencial e insufle al menos un aire multilateral a la politica exterior. Que la haga menos belicista –cosa bastante fácil por otro lado- y, paralelamente, no abandone ciertas reformas sociales domésticas que mitiguen los daños colaterales del libre mercado fundamentalista que opera en Estados Unidos. Cualquier ser después de Bush a todos nos sabe mejor. Pero la sensación de que ha ido entregando principios en su batalla con Clinton, y los seguirá enterrando en su carrera con McCain, cada vez es más evidente. Yo también compartía con la chica Obama eso de I got a crush on Obama (Tengo un flechazo con Obama), pero ahora entono con punteo de Jimmy Page, I’ve been dazed and confused for so long ist not true...